18.11.10

La memoria encontrada (a Francisco Morales Padrón)

En ocasiones, sucede que surge un nombre en una conversación y, al poco tiempo, esa persona desaparece. La casualidad parece apelar a nuestra memoria, que es, como tantas cosas en esta vida que parece ser cada día más corta, caprichosa, pero que es lo único a lo que uno puede aferrarse cuando va pasando el tiempo.

La muerte, como las casualidades, es repentina. La creemos posible, plausible, cercana, pero su aparición nos sorprende.

Ha desaparecido Francisco Morales Padrón, a quien tuve la dicha de tratar. Puedo afirmar, además, que, como en otras ocasiones, se cumplía la proporcionalidad entre el saber y el ser.

Escribo estas líneas cuando la noticia ha dejado de ser relevante.

De entre los textos que han ido apareciendo estos días, me quedo con el de Elena Acosta, porque creo que resume la voluntad de un hombre que trabajó incansablemente y que trató de ser honesto.

Hace años, cuando lo entrevisté para un documental sobre Néstor Álamo y su vinculación con la Casa de Colón, me hizo patente su preoupación porque unas declaraciones suyas habían sido malinterpretadas puesto que no se correspondían a lo que había querido decir, lo que le había ocasionado serios disgustos. Cuando se tiene tanto camino recorrido, es duro que no se preste atención a lo que se dice y a cómo se dice. Francisco Morales Padrón fue honrado personal e intelectualmente. Con su fallecimiento, perdemos no sólo al intelectual, sino también algo de nuestra memoria.

Descanse en paz.

12.11.10

Eugénio de Andrade

Mi amiga Nayra Pérez, que está en Skopje (Macedonia) ofreciendo sus múltiples saberes, me recordó a Eugénio de Andrade, del que guardo grata memoria.

Fue hace ya 15 años cuando lo conocí; el mismo en que traté a Fernando Guimarães, magnífico poeta y ensayista. Por aquel tiempo, me encontraba estudiando en la Universidad de Oporto. Eugenio Padorno me había recomendado que aprovechara mi estancia para entrevistar a algunos escritores portugueses; algo que hice a medias. De Fernando Guimarães, publiqué una entrevista y una traducción de dos textos, pero de Eugénio de Andrade no publiqué nada. Sobre Guimarães, de quien hace mucho que no sé nada, volveré en otro momento.

El poeta me invitó a su casa, que está en la atlántica avenida de las palmeras. Su hogar estaba donde había decidido dejar su legado, en Oporto. Me confesó que primero le había ofrecido la posibilidad al Ayuntamiento de Lisboa, pero sin suerte. En el Norte, estaba, pues, su última morada.

La casa fundación está en una de las casas terreras que dan al mar -creo recordar-. En la planta baja, se encuentra el espacio expositivo. Arriba, la residencia del poeta.

Recuerdo que me mostró aquellos manuscritos de los escritores españoles del 27, aquellas ediciones y cartas que le habían hecho llegar.
Sus recuerdos de Canarias, donde estuvo, no eran buenos. Andrade vino a buscar el paraíso, el espacio mítico, y se encontró con un espacio invadido por los turistas que apenas sabían de las Islas y que buscaban sol, playa y bebida. Tal vez, no encontró quien lo guiara.

Andrade falleció hace ya cinco años. Mi encuentro, si bien breve, me proporcionó la posibilidad de conocer a un hombre sumamente exquisito, a un poeta antiguo, que trataba de comprender un mundo que él había conocido diferente.

6.10.10

José María Millares Sall

Ayer Míchel J. Millares me dio la noticia.

Todavía hoy estamos emocionados. Mis amigos (hablo con Oswaldo Guerra; me emociono con Alicia Llarena y Alexis Ravelo; me felicita Nayra Pérez...), con los que comparto tantas cosas, se sienten dichosos por la nueva. Ahora vienen los homenajes y nosotros, íntimamente, nos alegramos, porque hubo muchos que callaron, "y criminalmente", como escribiría Graciliano Afonso, cuando el poeta estaba entre nosotros. Nos alegramos por la justicia; por la verdad.

Hace unas semanas, Eugenio Padorno recordaba, en una mesa redonda que se había organizado para celebrar a Pedro Lezcano y, con él, a los miembros de Antología cercada, la frase que María Rosa Alonso decía sobre los autores canarios, que, cuando mueren, mueren dos veces. Hoy sentimos que, por fin, los muertos pueden revivir; que las palabras que dijeron y que destilan una verdad única volverán a ser dichas.

El Premio Nacional de Poesía, convengo con Eugenio Padorno, es un premio que va dirigido a una generación poética única -la de Ventura Doreste, Agustín Millares Sall, Pedro Lezcano, (Juan Mederos), y (aun en la distancia) Ángel Johan; los miembros de Antología cercada (también Juan Manuel Trujillo merece un lugar en esta nómina)-. Pero el premio reconoce además una poesía, como la de José María Millares, que se cimienta en la verdad; que nos sorprende por su vigor. Con los Cuadernos, se le viene a reconocer uno de los títulos fundamentales para las letras hispánicas, Liverpool. José María Millares, generoso y sencillo, llevará de la mano a otros tantos poetas que desde Canarias han creado una "atmósfera poética" -como escribiría Agustín Espinosa- que dota de sentido este paisaje.

Más allá de los gestos de cara a la galería, más allá de la apariencia, está la esencia.

30.9.10

Lugares

Me planteo que no estoy haciendo las cosas bien. Lanzo las frases, pero el párrafo, el dichoso párrafo, queda incompleto. He de decidir cuál es mi objetivo; si dejo a un lado esos textos que me persiguen desde que tengo uso de memoria -he de continuar el camino del exégeta o, por el contrario, iniciar el camino del creador-. Leer, es fama, es reescribir. Los materiales se van apilando y van tomando cuerpo, ocupando el lugar que les corresponde; sin embargo, a veces, nos impiden ir hacia adelante.

Recuerdo ahora los libros que no he escrito, las ediciones que no he realizado, las erratas que no he corregido... Sí, definitivamente, no estoy haciendo las cosas bien.

28.9.10

Al peso

Miro las estanterías. Como si, de una vez por todas, el librero hubiera decidido que ya estaba bien; que en el fondo había que darle la oportunidad a aquellos potenciales clientes que no saben/no contestan de elegir de acuerdo con la pared, el mueble, la situación o ubicación del mueble, los niños, la abuela, el perro/el gato/el animal de compañía, el paradigma de los libros, ante mí se extiende una superficie compacta y negra. Ahora sí, ya no hay peligro. Los editores que de esto saben, confundidos en la masa, han publicado en magníficos volúmenes las novelas de Langston, de Turnston, de Admunsen, de Robinson, de Langley o de Sorensen. Títulos tan sugerentes como La mujer que tenía pánico al amanecer, El código diurno, Solsticio, El enigma Leoncavallo, El sudario de Magdalena, Dioscuros o Los hombres amordazados en ediciones asépticas, de 400 a 600 páginas, en rústica, componen esa mancha negra que ocupa sus buenos metros cuadrados y que serán, de seguro, reemplazados, en muy poco tiempo -como todos aquellos libros a la espera de un lector-, por volúmenes de similar volumen, escritos por indudables artesanos que teclean y teclean sin parar hasta llegar a esas divinas 400 o 600 páginas, a 300 la página.

Mientras, en otra parte, Cervantes, Borges, Cortázar, Bradbury y Fuster sueñan un sueño en llamas.

30.9.08

Como si nada

Aprovecho estos momentos robados a la abulia o a la modorra, para asomar la cabeza. Sería más complicado -¿requeriría mayor esfuerzo tal vez?- de lo que parece seguir agazapado -¿por cuánto tiempo más?- y caer en la molicie, como siempre.

Aprovecho -lo repito, lo ansío- que ya te has marchado o no has regresado para asomarme a la ventana, encender un cigarrillo y mirar hacia el suelo, cuando lo que debería estar haciendo de una vez por todas es sentarme frente a tu sombra y hablarte como antes hacía, con la pasión que, aun ahora, sigue entre las sábanas de tu cama.

Aprovecho para contarte sin mirarte todo lo que en su tiempo fue mío, lo que fui perdiendo y lo que hoy gané, si realmente se puede decir que alguna vez se ganó algo.

2.4.08

Los "textículos" de Alexis Ravelo

Resulta para mí difícil, diría, y lo digo, tarea ímproba, presentar un libro de Alexis Ravelo. Lo es por la cercanía, por el amor y por el odio –que es mutuo-; pero, sobre todo, porque últimamente voy creyendo cada vez menos en el oficio del presentador y más en el del lector, al que le molesta –tal vez sólo me suceda a mí— que alguien, por el mero hecho de estar situado a medio metro por encima de él, le destripe el libro que con toda probabilidad leería si le diera la gana, cuando, donde y de la manera que quisiera si llegara a comprarlo o se lo regalaran. En otra ocasión y en otro escenario también lo dije: en estos actos se honra al que presenta y al presentado y en el caso del primero hará todo lo posible por parecer más listo que el presentado. Al fin y al cabo, es el minuto de gloria del primero.

Conozco a Alexis Ravelo de hace mucho, de cuando trabamos conocimiento en la Plazuela de las Letras y creíamos firmemente en el valor de la literatura para cambiar el mundo –aún hoy creemos—. Traigo este episodio del pasado para explicar el germen de una escritura original. En el primer número de la revista que nació de aquellos encuentros, en los que también se encontraba Carlos de la Fe y Carlos Álvarez ejercía de coordinador, ve la luz el relato de Alexis Ravelo “Vómito”. Se trata de un texto que podríamos considerar una declaración de intenciones y que ofrecía en aquel momento -hace ya 18 años- algunos de los rasgos de la escritura del autor. El texto se despliega por su propia inercia, crece en el fluir de conciencia hasta llegar al paroxismo. Ello supone un ritmo característico, como de letanía, en el que los sintagmas van creciendo de forma subordinada y que halla en el monólogo su forma adecuada. Había en aquel cuento, además, una marcada influencia de Cortázar –reverencial diría—, autor que, pasados los años, se ha convertido en un leve eco en sus escritos, como Borges, Bioy Casares, Calvino, por citar sólo algunos de los más conocidos.

Y su escritura ha ido ganando en consistencia, ha ido atemperándose y se ha perfilado. Algunos textículos es muestra clara de ello. Estamos, tal vez, ante uno de los mejores libros de prosas que se hayan publicado en años y el tiempo dará fe de este juicio.

Ahora, tal como Unamuno frente al árbol de Guernika, estamos aquí hoy para preguntarnos ¿qué tienen dentro los textículos de Alexis Ravelo? Lo que cualquiera: sustancia textual. Es controvertido el concepto, porque con “textículo” no nos referimos a un texto minúsculo –que también, en ocasiones— ni a un texto menor; para mí convendría definirlo como microrrelato y como relato desgajado de uno mayor. Pero volvemos al equívoco: en el equívoco siempre está todo.

Más de treinta textículos recoge en este libro su autor, en una muestra del dominio que tiene del oficio. Puede afirmarse que Ravelo penetra las cosas, es decir, comprende el significado profundo de las cosas y las muestra.

En sus textículos, presenciamos la maravilla de lo que se sustrae a la cotidianidad, porque dialoga con ella; la construcción de la realidad desde diversas perspectivas, que proporciona un juego de espejos que el autor sitúa ante los personajes de sus relatos y que desmontan los prejuicios que los envuelven y los definen ante el mundo (uno de los múltiples ejemplos lo encontramos en el magnífico “Hombre-silla”), o el juego que se produce a través del propio lenguaje (como en “Cerebro de mosquito” o “Des-posado”) o el puramente literario, que presenciamos en “Inés”, amén de la reflexión sobre el oficio de escribir que salpica algunos cuentos del libro. Somos, siempre somos lo que hacemos. Hay, para mí, una vocación eminentemente deconstructora en estos textículos de Ravelo, en los que nadie actúa como debiera actuar y todo acaba –volvemos a Unamuno— como sumido en una niebla. Entreverados aparecen los microrrelatos tipo, que son en este libro ejemplares.

Últimamente, y con demasiada asiduidad, los escritores o aspirantes a ello se han dado al microrrelato como quien se da a la bebida -ya se sabe que la dipsomanía era valor antiguo en el escritor-. Los resultados no pueden ser peores. En muchos casos –demasiados, diría yo—, el producto de esa moda -más propiamente vicio que debiera evitarse— es el descrédito de la fórmula narrativa. Yo les recomendaría que, antes de escribir un microrrelato, repitiesen las palabras de Bartebly, el escribiente (“Preferiría no hacerlo”) y leyeran uno de Alexis Ravelo.

Alexis Ravelo: Algunos textículos, Anroart Ediciones, 2007.
136 págs. ; rúst. ISBN: 84-96887-38-3

26.11.07

"El balcón que siempre quise hacer"










Este lunes, a las 20.30 h., se presenta "El balcón que siempre quise hacer", por parte de Paco Arana y Jesús Martín, en el Matasombras literario de la sala Cuasquías (San Pedro, 2).

Esperamos contar con tu asistencia y confiamos en que puedas contribuir a la difusión de esta nueva convocatoria.

18.11.07

Se presenta la colección Literaturas

La colección Literaturas se presenta este martes, a las 19.00 h., en el Club Prensa Canaria, de Las Palmas de Gran Canaria. Estarán presentes la directora general del Libro, Blanca Rosa Quintero, el director de Anroart Ediciones, Jorge A. Liria, y el que suscribe estas líneas.

Literaturas es una colección de antologías panhispánicas destinados principalmente al público escolar, en especial el de Secundaria. Con estos libros se pretende contextualizar, sin atender al lugar en que nacieron, a los autores y los movimientos y ofrecer un panorama de la literatura hecha en lengua española.

Los prologuistas de los libros -que, asimismo, realizaron las propuestas didácticas, por orden de salida de los títulos, son Dulce Mª Rodríguez Calero (Fábulas literarias, de Tomás de Iriarte), Bruno Pérez Alemán (Antología, de Andrés Bello), Victoriano Santana Sanjurjo (Poesía atlántica), José Carlos Morales Umpiérrez (Poetas románticos), Mª de los Ángeles Castellano Monzón (Trafalgar, de Benito Pérez Galdós), Plácido Naranjo (Antología, de Domingo Rivero), Jacqueline Gil Vega (Prosas modernistas) y Domingo Alvertos (Poetas modernistas).

Esperemos que estos libros sirvan para que los jóvenes comoprendan de mejor manera la tradición en la que se encuentran inmersos como comunidad.

17.10.07

Cualquier otra memoria

Hace dos viernes presenté el librito Cualquier otra memoria (Al-harafish edita, 2007), que recoge algunos de los textos que llevo trabajando desde hace más de 13 años. La génesis del poemario fue mi viaje por motivo de estudios a Portugal, concretamente a Oporto. Y debo un agradecimiento especial a mucha gente que no lo recibió en la truncada presentación en el Gabinete Literario -Juan y María me recriminaron que no leyera ningún poema-: a Macarena Nieves, José Luzardo y Jero Maldonado, quienes hicieron posible que apareciera finalmente; a Alexis Ravelo, quien defendió el poemario y convenció a Macarena de que yo también escribía; a Jacqueline, que se empeñó en que publicara durante tantos años, y a Juanjo, que dejó de ir a ver a Richard Bona para ir a escucharme. A mis padres, sobre todo a mi madre, que venció su natural pavor a ver a alguno de sus hijos por estar en aquel momento. A Jorge, porque también está. Y a Dulce, por todo.

Lo cierto es que a ese nacimiento fueron los que pudieron ir y me sentí realmente apreciado. Creo que ese librito merece una vida. Sé, al menos, que tengo 35 lectores. Y eso, ahora, es mucho.

17.8.07

Próximos libros

Estamos ultimando algunas antologías panhispánicas para la editorial Anroart. El trabajo, que tal vez se retrasó algo más de lo necesario -si alguna vez accedieron a este blog, comprenderán que no me es fácil mantenerlo más por saturación que por ganas-, estará enfocado a los estudiantes, pero creo firmemente que agradarán a cualquier lector inquieto.

De la elección de los textos me encargué yo; los prólogos están en manos de profesores de secundaria amigos, algunos antiguos compañeros.

En septiembre verán la luz ocho títulos de la colección Literaturas: las Fábulas Literarias, de Iriarte; una antología poética de Andrés Bello; un volumen dedicado a los Poetas románticos, otro a la Poesía atlántica; una edición de Trafalgar, de Benito Pérez Galdós; una antología de Poetas modernistas y otra de Prosas modernistas y, para cerrar esta primera serie, una antología de Domingo Rivero.

4.6.07

¿Por qué no se lee?

La pregunta, como siempre tramposa, nos viene a recordar, una vez más, la dejación que, por parte de los profesionales de la educación de la lengua y la literatura, se hace de su ejercicio. Los niños no leen, porque no les interesa, dicen.

Los niños no leen porque quienes están encargados de infundirles el hábito -tal vez, mejor, ánimo- lector no son capaces de hacerlo. Amor con amor se paga y curiosidad con curiosidad se paga. Habrá muchos que no consigan transmitirles ese amor y habrán fracasado; pero otros ni siquiera se tomarán la molestia. Pasa, desde mi punto de vista, como en muchas facetas de la vida: el aburrimiento hace estragos.

La cuestión es que se les paga -no entro en si mucho o poco, si estuvieran en otros ámbitos se darían cuenta de lo afortunados que son- por ejercer esa profesión y ejercer una profesión exige un esfuerzo.

Tal vez ahí radique la raíz del problema: la sociedad no premia el esfuerzo. Si todas las señales van en esa dirección, ¿para qué?

8.5.07

Tus males son los míos

Sin duda alguna, por lo que leo últimamente -menos de lo que quisiera-, ciertamente nos encontramos en un callejón sin salida.

Los que nos preceden en edad siguen enrocados en posiciones que, poco a poco, van esclerotizándose y no porque sus discursos hayan dejado de tener vigencia sino porque no se desarrollan de la manera adecuada.

Hay, por otro lado, otro discurso que, a estas alturas de la película, deja de tener sentido y es reflejo de un temor al vacío. Deben defender la españolidad de nuestra literatura -me pregunto, ¿si lo es, para qué cuestionarlo?- con ecos menendezpelayanos -Mircea Eliade, en su Diario portugués, define de manera exacta al polígrafo español-.

De todas maneras se trata únicamente de palabras y las palabras van cayendo en el vacío porque no se siembra. Quienes deberían hacerlo están demasiado preocupados en pasar a la posteridad. Por lo menos, que tengan fundamento se les pide.

25.2.07

Día de las Letras Canarias

Puede ser que a pocos les haga gracia que nos demos un baño de autoestima, pero lo cierto es que, con sus aciertos y sus fallos, la celebración constata la necesidad de que los canarios comiencen a descubrir los autores que ofrecen una mirada de quienes están en estas balsas de piedra que son las Islas.
Me gustaría que esta idea se mantuviera con independencia de quien estuviera en el Gobierno. Necesitamos definirnos y no difuminarnos.

25.7.06

Una mirada sobre Unamuno

Durante el fin de año, una amiga discutía conmigo acerca de la "verdad absoluta" de las afirmaciones en literatura. No hay verdad alguna, venía a decirme, exaltados como estábamos en una noche como aquella, y todo depende de cómo se realice la lectura. Me pareció, y aún me parece, increíble aquella afirmación viniendo de quien venía. Considero, después de haber profundizado en el siglo XIX, que las lecturas cuando son superficiales son cuestionables; en muchas ocasiones, ante la rotundidad de los documentos aportados, difícilmente se podría cuestionar una afirmación.

Todo esto viene a propósito del libro de Bruno Pérez Unamuno. Una interpretación cultural de Canarias, editado por el Cabildo de Gran Canaria, a través de la Casa-Museo Tomás Morales. Hay que agradecer a la institución que hay tenido el valor de sacar a la luz un libro que no dejará de causar polémica, lo que, a mi juicio, es todo un acierto: demuestra que la labor cultural que se está desarrollando no pasa desapercibida y que genera debate. Creo, además, que el libro es uno de los mejores documentos para mostrar que los estudios culturales insulares están en un inmejorable momento. Se trata de un texto que se convertirá en un referente para quienes quieran acercarse al Unamuno auténtico. Porque, y he ahí el principal problema, en las Islas el escritor no dejó a priori más huella que aquella fotografía junto a los principales intelectuales grancanarios de la época y las composiciones de su libro De Fuerteventura a París.

Bruno Pérez ofrece una lectura que había sido insinuada por otros autores, pero que con esta publicación dota de carácter académico: Unamuno penetró la realidad de Fuerteventura y construyó su discurso con los elementos propios de la tradición literaria insular, es decir, que acabó asumiendo una tradición ajena como propia. Lo diremos por activa y por pasiva. Además, Unamuno ejerció una influencia efectiva en la literatura canaria, sobre todo en Agustín Espinosa. Supo ver más allá de los elementos que formaban parte de la realidad de Fuerteventura y, lo que resulta más importante, supo dotar de una mitología conductora la isla. La isla se convirtió en el refugio del caballero de la triste figura, como Lanzarote fue el último refugio del esforzado Lancelot.Hasta la fecha, no se le ha visto originalidad al texto de Espinosa más que en las Islas y...

Y ése es tal vez el gran problema de estas Islas, que sólo poseen valor en tanto el otro nos lo concede. De ahí que opte por obviar, y creo que muchos deberían comenzar a hacerlo, aquella famosa afirmación de Juan Manuel Trujillo y comenzar a trabajar sin tener en cuenta críticas infundadas...

24.6.06

Propuesta de viaje

Construimos la realidad a partir de variados elementos que encontramos en nuestro camino hacia la muerte, y ese camino es el único que no perdemos de vista: las señales van apareciendo constantemente y éstas nos advierten de nuestra efímera residencia en la tierra. Se trata –la construcción de la realidad— de un ejercicio en el que todo se pone en juego: la memoria acude a nuestro auxilio para dar testimonio de lo que somos y de lo que fuimos y de lo que vamos siendo mientras. En el camino andado va desapareciendo aquello con lo que nos identificábamos –el paisaje en el que permanecíamos durante un tiempo— y van apareciendo otras cosas, ajenas, que pueden o no incorporarse a nuestra experiencia.

Entre el lugar y más allá, de Eugenio Padorno (2005), supone una interrogación acerca de cómo se construye la realidad y cómo ella es compartida con el otro. Es decir, en el libro se habla de la "experiencia".

El poeta, que no ha dejado de interrogarse a lo largo de estos años, entreteje un relato que se extiende desde –entre— la fotografía que abre el libro –un fragmento de la realidad, la playa de Las Canteras hace, tal vez, cincuenta años— hasta –y— la fotografía de cierre –el poeta, en un momento de la niñez. El relato, hecho a partir de retazos, es una deriva en la que presenciamos una existencia auténtica –única— que percibimos en los memorables relatos de algunos grandes libros. En ellos se nos presentan cuadros únicos en los que se vivifican las palabras para ofrecernos algo más allá de su propio contenido. Las palabras cobran vida para desentrañar el ser que podemos percibir en estas páginas.

Advertimos, por tanto, en la escritura del texto de Padorno, como ha ido mostrando en estos últimos tiempos, una suerte de inventario en el que se han ido abandonado las razones del género literario –la poesía, la prosa— para únicamente ser. Se halla tan presente el tiempo en su escritura que se convierte en la razón de su ejercicio poético, que se nutre de la experiencia, de la reflexión filosófica y del ensayo.

Y este ejercicio poético nos "dice", como nos dicen las "cosas" que nos acompañaron durante algún tiempo, de lo oculto, de aquello que fuimos perdiendo y que tratamos de regresar hasta este tiempo en que tomamos conciencia del camino recorrido. El propio poeta lo señala: el poeta es un exiliado de la creación. De ese exilio, de la narración de ese exilio que supone el vivir, trata este libro. Pero el poeta, como el hombre, no sólo es exiliado de la creación, sino de la propia vida. El hombre es expulsado del paraíso que es la infancia y que procuramos reencontrar toda la vida. La relación que establecemos con las cosas durante la infancia tiene un carácter mágico, como la relación que establece el poeta con el mundo: los elementos de que se compone no sólo poseen un carácter esencial.

Entre el lugar y más allá seguido de un Excurso nos ofrece una definición del ser en la isla, que se nos ofrece cual Prometeo encadenado... con todo, sería ésta una simple lectura del libro. Y es que entramos, una vez más, en el juego de la propia vida. Y el poeta es el alquimista que trata de convertir las palabras en la propia vida; que ellas sean por sí mismas las cosas vividas. Cada objeto que aparece en el libro ofrece dos planos: el de la posibilidad de su existencia o el de la realidad de su existencia. En el juego de la vida, aparecen varios caminos, de las que tan sólo podremos escoger uno.

Leemos el paisaje –el paisaje es nuestra construcción— desde la sensibilidad que nos proporcionan el recuerdo de lo vivido, la cultura y la curiosidad de lo por vivir. Se trata de una interrogación permanente en el que se pone en juego la memoria. Y en la misma memoria están presentes todas las muertes, todas las vidas.



Eugenio Padorno: Entre el lugar y más allá, Anroart Ediciones, 2005. Colección Puerto Escondido

10.5.06

El tiempo de la escritura

Hay una circunstancia que (me) parece relevante a la hora de definir cierta escritura del tiempo que podemos rastrear en muchos autores de las Islas. Las ciudades suelen ir progresivamente cambiando con el tiempo, pero la isla es un espacio limitado: los cambios que se producen en las ciudades de las islas son mucho más bruscos, son más rápidamente palpables. Ello supone que la noción del paso del tiempo que tenemos, que se basa en la observación de lo que nos rodea, se acentúa: la muerte está más presente; nos persigue.

25.3.06

La prosa de Tomás Morales

Recientemente vio la luz un libro curioso: se trata de las Prosas de Tomás Morales, nuevo título de la editorial Anroart, que comienza a definir también una línea de edición en el que se apunta hacia nuestros clásicos. Así también vio la luz la obra Alma y vida, de Benito Pérez Galdós.
El autor de la compilación, Antonio Henríquez, ofrece al lector, siempre curioso -todos de una u otra manera, lo somos-, una nueva faceta del poeta modernista por antonomasia.
Se trata, sin duda alguna, de un libro que viene a ampliar la figura de Morales y que también dota de visibilidad a los principios del siglo XX, del que se nos ofrece otro cuadro.
Si cada nuevo libro ocupa un lugar en la estantería, también completa un espacio del puzzle que es la realidad.

22.2.06

Pasados 50 años de "Mujeres en la Isla" (I)

En 2005 se cumplió el centenario del nacimiento de uno de los grandes poetas de las literaturas hispánicas, Pedro García Cabrera (1905-1981), además de cumplirse el cuarto centenario de la publicación de la primera parte del Quijote, como todo el mundo sabe. Ello no hizo, lamentablemente, que aumente el número de lectores de la interesantísima y verdadera obra poética del primero y de la novela entre las novelas; si bien sí sirvió para certificar la importancia que ambos iconos tienen en estas Islas –García Cabrera, aún, sigue careciendo de significación para la crítica española. Tal vez estas dos celebraciones solaparon los cincuenta años del nacimiento de la revista Mujeres en la Isla, al menos como publicación independiente.
Los verdaderos inicios de la publicación se remontan a noviembre de 1953 y están vinculados al Diario de Las Palmas, que comenzará a editar un “Suplemento femenino”.
El día 1 de enero de 1955, la revista ve la luz sin el abrigo del periódico insular y con dos redactoras que se responsabilizan de la publicación: Mª Teresa Prats de Laplace y Esperanza Vernetta de Quevedo. Dedicado a la literatura y al arte, la revista, declara en su editorial, “ofrece sus páginas a todas las mujeres: canarias residentes dentro y fuera del Archipiélago, españolas y extranjeras, para que vuelquen en ellas cuanto de bello y elevado contengan sus almas”; sin embargo, también se hallan en sus páginas “Inquietudes de nuestra época”, “Breves notas sobre la moda”, “Mujer... elige tu profesión” y la sección “Vida de la ciudad”. Habitual de esta última sección será Mercedes G. de Linares, notable escritora…

15.2.06

El parque, de Santiago Gil

Comenzaré con una afirmación. Este es el tercer título que Santiago Gil publica con la editorial canaria Anroart. Este es, además, el tercer acto de presentación en el que participo; el segundo libro que ofrezco al lector. Con ello subrayo dos hechos para mí fundamentales. El primero, que estoy ligado a Anroart, como proyecto en el que creo firmemente. El segundo, que parte de mi discurso comienza a asociarse al del autor sobre el que hoy tratamos de acercar a ustedes.

Como cualquier relato que se precie, este inicio marcará “fatalmente” el resto del texto. Es, digámoslo así, el primer impulso; el motor que hace que se ponga en marcha la maquinaria textual que, paso a paso, con el paladeo más o menos torpe de cada una de sus partes, se convierte en ese eco que queda al final de la lectura/escucha de un texto. Y aquí, comienzo una vez más: cada palabra que el autor sitúa en un texto viene a revelar el destino de cada palabra posterior y, así, hasta el infinito. La literatura es, al fin y al cabo, alegoría de la vida. Cada imagen que en ella se da viene a completar la anterior hasta que el cúmulo de imágenes –o palabras, frases, párrafos— venga a llamar a la vida.

Y continúo con otra afirmación: siempre me ha fascinado la capacidad que tiene el individuo de conformar un discurso que, precisamente, llame a la vida y haga que nosotros participemos de ella. Como acontecía con los puntillistas, cada uno de los puntos que quedaba plasmado en el papel no nos dice nada hasta que somos capaces de tomar distancia y observar el todo. Así ocurre con los textos que leemos. A medida que vamos siendo conducidos por él, las palabras dejan de ser meros puntos para convertirse en el trazo exacto de una existencia.

La literatura debería hacernos amar la vida sobre todas las cosas, y digo debería porque desgraciadamente en muchas ocasiones no nos proporciona esa sabiduría, y léase aquí conocimiento del mundo en tanto que capacidad de ubicarse en el lugar del otro. La lengua debería hacerse cuerpo, como nosotros somos cuerpo en la medida que hemos sido nombrados.

Vienen estos apuntes a propósito del libro de Santiago Gil, El Parque. El concepto del libro está relacionado con el concepto del mundo. El libro implica un todo cerrado, en movimiento, sí; pero cerrado. Remite pues a un orden que puede ser intrínseco, es decir, que tiene sentido por sí mismo; o extrínseco, esto es, que ha de relacionarse con otros que le ayuden a justificar su existencia. Así ocurre con el mundo. Por tanto, decimos el libro es el mundo. Así, el voltaireano Cándido afirmaba que vivía en el mejor de los mundos posibles, un mundo explicado de manera exenta, como si el resto no existiera. Y con ello, una vez más, estamos apuntando al libro de Santiago Gil.

Voy creando un artefacto que tendrá que lograr una forma en un momento determinado, cuando llegue al final al que parece me aproximo. ¿Y El Parque?

El parque es un libro que parte, a mi juicio, de la creencia de su autor en sus sentidos. El parque aparece ligado al concepto del mundo, tal como apunté con respecto del libro. Cada relato viene a conformar el espacio en que tiene lugar, ese espacio soñado por el autor. Desde el momento que el lugar se aleja de su verdadero existir, estamos ante un espacio soñado, lo que me recuerda al procedimiento artístico empleado por Jorge Oramas, influido por la escuela del realismo mágico que tan eficazmente fue divulgado por el fotógrafo Franz Roh. Los elementos que vienen a conformar un cuadro –perdonen la simplificación- que forman parte de la realidad son llevados a una atmósfera de sueño.

Y afirmo para continuar, y podrá chocar al oyente: se trata de un libro de crónicas. Santiago Gil ejerce su oficio de periodista para reflejar el tiempo que le ha tocado en suerte vivir y va trazando en sus relatos un certero retrato de la sociedad contemporánea. El autor se dedica a especular, es decir, que se entrega al oficio de registrar, mirar con atención lo que le rodea para reconocerlo y examinarlo. Santiago Gil es periodista y ello supone facilidad para la escritura y, sobre todo, disciplina en el ejercicio de la escritura. Y en ello hemos de ver un detalle que pude resultarnos chocante y que nos hará reflexionar.

Y con ello concluyo: este libro está planteado de manera especular, es decir, estamos ante un espejo –de ahí, la mención a Oramas— y en ese espejo se ven reflejados todos los personajes de este relato. La distancia –que es en sí, lo que convierte en inverosímil el relato real— nos proporciona elementos de juicio suficientes para reconocer –como ocurre en Oramas— que aquel lugar donde transitan perdedores, necesitados, solitarios y locos podría ser el Retiro; pero también el parque Doramas, por poner un ejemplo.

Decía al principio, que cada imagen que aparece en un texto literario viene a completar la anterior hasta que el cúmulo de imágenes –o palabras, frases, párrafos— venga a llamar a la vida. La invitación a la vida es una invitación también a la lectura; es algo como un paseo por un parque a media mañana: inusual por el momento del día en que se produce.

Santiago Gil: El parque, Gran Canaria, 2005.