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18.11.10

La memoria encontrada (a Francisco Morales Padrón)

En ocasiones, sucede que surge un nombre en una conversación y, al poco tiempo, esa persona desaparece. La casualidad parece apelar a nuestra memoria, que es, como tantas cosas en esta vida que parece ser cada día más corta, caprichosa, pero que es lo único a lo que uno puede aferrarse cuando va pasando el tiempo.

La muerte, como las casualidades, es repentina. La creemos posible, plausible, cercana, pero su aparición nos sorprende.

Ha desaparecido Francisco Morales Padrón, a quien tuve la dicha de tratar. Puedo afirmar, además, que, como en otras ocasiones, se cumplía la proporcionalidad entre el saber y el ser.

Escribo estas líneas cuando la noticia ha dejado de ser relevante.

De entre los textos que han ido apareciendo estos días, me quedo con el de Elena Acosta, porque creo que resume la voluntad de un hombre que trabajó incansablemente y que trató de ser honesto.

Hace años, cuando lo entrevisté para un documental sobre Néstor Álamo y su vinculación con la Casa de Colón, me hizo patente su preoupación porque unas declaraciones suyas habían sido malinterpretadas puesto que no se correspondían a lo que había querido decir, lo que le había ocasionado serios disgustos. Cuando se tiene tanto camino recorrido, es duro que no se preste atención a lo que se dice y a cómo se dice. Francisco Morales Padrón fue honrado personal e intelectualmente. Con su fallecimiento, perdemos no sólo al intelectual, sino también algo de nuestra memoria.

Descanse en paz.

13.2.06

La Perejila vista por Néstor Álamo

Nuestros abuelos, nuestros padres, paladearon incansables las “ensaladillas”, los “ovillejos”, las cáusticas improvisaciones de aquella musa supra –popular con regocijo jocundo. Su sistro, fácil siempre, desgarrado en la expresión de ser preciso, se hace implacable; en lo concreto cuando alguien, por “atoriarla”, le grita el apodo enloquecedor: “¡Perejila!”...

El popularísimo “nombrete” le venía a la dama en forma insólita, por su padre, el honesto caballero que fue don Manuel González y González ya nombrado, chicharrero él, pero de buena gente. A don Manuel le habían impuesto el sobrenombre su novia y la hermana de ésta; así:

Según recuerdos de familia don Isidoro Romero Ceballos –se ha dicho– era más puntillero que un duque en cuestión de ejecutorias, escudos de nobleza y demás extorsiones. Por ello y sin escudriñar en los propios armoriales no admitía a la vera de sus hijas galantes carentes de entonados apellidos, cosa que jeringaba a las doncellas, Frascorrita y Pinito, más que purgante de “aceite’almendras”. Mucho menos admitía el campanudo caballero, ventaneos con parola, aunque fuera a larga distancia. Las doncellas, trocadas en reverberos por la dieta asesina, deciden burlar la vigilancia paterna; lo consiguen en conchabo con las mozas del servicio; dice Frascorrita:

– Mira, Sionilla, si tú ves que pasa por “ahy” el novio de “Sita” Pino vas y “dises”: mi ama, por “ahy” pasa cilantro, ¿quiere su “mercé”? Y si el que pasa es el mío “dises” tú: “Sita” Frascorra, por “ahy” pasa perejil: ¿quiere?

Establecido el hecho diferencial con base en tal vulgares como aromáticos hierbajos, el jeringado, el aburrido “Cilantro” evacuó el sitio fastidiado por la incordiante actitud del suegro en perspectiva. “Perejil”, cuan medieval guerrero esforzado y valiente, no abandonó la plaza, aguantando a mecha hasta rendir la insensata oposición.

Según nos informó don Domingo Padrón Guarello –q. D. h.–, a poco de iniciarse lo del dichete yerbero las alcahuetonas menegildas, conforme a oficio, terminaron el pregón de aquesta guisa:

– “Sita” Frascorra, por “ahy” viene “el Perejil” o por “ahy” va “el Perejil”. Y “Perejil” se quedó el muy grave don Manuel y “Perejiles” por extensión todos los suyos hasta estos floridos instantes.